#LaVozDelPueblo | Mundial 2018, monoplaza de cambios y emociones

 

Es innegable que la Fórmula 1 ya no es lo que era antiguamente; las peleas por el título están cerradas incluso antes de la primera carrera y cualquier eventual variación es casi meramente azarosa, los reglamentos se aplican de una manera notoriamente favorable para los 3 grandes…

-Por Boris Orellana, seguidor de F1 Chile

Y se nos fue la 69ª Temporada del Gran Circo, y dos días después, con la adrenalina ya asentándose, puedo mirar a este 2018 en retrospectiva, lleno de momentos para el recuerdo: desde el regreso de Paul Ricard y Hockenheim al calendario hasta el nacimiento de un nuevo pentacampeón, ensalzado con la auténtica carnicería de Bakú, la pole récord y el triunfo histórico de Kimi en Monza y Austin respectivamente, un primer trimestre de pesadilla para Verstappen, giros y giros del trompo cucarro llamado Sebastian Vettel, el auto maldito de Ricciardo, las órdenes de equipo, el controvertido halo, la tragedia de Williams… harto donde elegir. Con ella también dice adiós un puñado importante de pilotos; algunos para estar tras bambalinas, otros para probar suerte en otras categorías…

A título estrictamente personal, quizás el cambio más agridulce sea saber que Kimi Räikkönen permanecerá dos años más en la máxima categoría, pero enfundado en el overol de Sauber (o ahora que Kimi será su primer piloto, «Saubwoah») y no a los mandos de la macchina rossa de Ferrari. Es positivo pensar que de haber permanecido en Maranello muy probablemente lo habría hecho sólo por un año, seguido de un casi seguro retiro, mientras que ahora tendremos iceman por dos temporadas más; además, dolorosamente para la Scuderia, se va a Hinwill llevándose bajo el brazo el título de «el más reciente campeón de Ferrari» un año más. Con todo, no es menos cierto que para sus fans el lugar que Kimi merece siempre será en lo más alto de la grilla, y que su forma de decir adiós al Cavallino en Yas Marina merecía ser mucho más que un ingrato y triste abandono a pie de línea de meta viendo las esperanzas esfumarse por un fallo técnico. Tengo toda la fe puesta en lo que vaya a lograr en 2019.

Quizás lo más lamentable, en el peor sentido de la palabra, sea ver un reguero de jóvenes pilotos entregando sus volantes forzosamente: Vandoorne, Sirotkin, Ericsson, la incertidumbre que hubo sobre Hartley y sobre todo Ocon. Algunos de ellos dicen adiós incluso antes de la madurez total de sus procesos, otros tremendamente limitados por autos en las antípodas de la competitividad. El caso de Ocon es sin duda el más triste de todos, pues refleja que aquellos llenos de potencial pero sin un apellido histórico en el deporte o un gran respaldo monetario están condenados a un permanente limbo, siendo peones de los equipos grandes y sus “escuelas de talento”, amarrados a contratos que son una espada de doble filo, pasando de competir a ser pilotos de pruebas -o aun peor, pilotos reserva- mientras otros pilotos de pago (es decir, aquellos que pagan por el asiento de un monoplaza o aportan patrocinadores importantes) permanecen en el paddock temporada tras temporada, pilotos como Lance Stroll, cuya falta de un talento natural es compensada sobradamente por la cuenta corriente de su multimillonario padre, quien, por decirlo de una manera directa y poco decorosa no solo había gastado hasta principios de año una quinta parte del presupuesto anual de RedBull en lograr el sueño de su retoño, sino que además llegó a comprar una escudería completa para que Strollcito pudiese correr en un mejor monoplaza. Bueno, Quico siempre tenía mejores juguetes que el Chavo, pero jamás recibió su pelota cuadrada.

En la parte más emotiva y triste de esta bajada de telón, Fernando Alonso finalmente y luego de largos y difíciles años decidió decir adiós para dedicarse a otros desafíos del motor. Parece ayer cuando celebré sus dos campeonatos consecutivos (2005, 2006) a bordo de ese intratable Renault aguamarina y oro, en esa parte de la historia donde todo parecía dársele tan cómodamente, en una era donde los campeonatos se peleaban y se ganaban dándolo todo, siendo gran parte de ese logro trabajo del piloto más que de la ingeniería aerodinámica de relojería o de las estrategias de equipo a nivel militar, sin desmerecer a tan trascendentales departamentos. Resulta emocionante y asombroso pensar que la vida y sus azares hicieron que el kart que su padre fabricó y regaló a Lorena, la hermana mayor del Nano, al no ser mayormente tomado en cuenta por ella terminase a las órdenes de alguien que sin duda supo disfrutarlo bien, para las delicias de todos nosotros.

Magic Alonso es sin duda un piloto curtido a la antigua, formado antes de la era híbrida y de los slicks, con esos motores V10 de sonido agudo ensordecedor, casi como voces desde el infierno pidiendo clemencia, que tanto nos gustaba oír a los aficionados.

Lamentablemente, lo que en su momento y dadas las circunstancias parecían decisiones sensatas, a la postre terminaron viéndose como cambios nefastos para su carrera, partiendo por su primer arribo a McLaren, una escudería ingrata y en ese momento asquerosa, bajo la tutela de un Ron Dennis que además de ser incapaz de canalizar su hegemónico poder con la misma habilidad que Flavio Briatore -más allá de muuuuuuchas cosas-, jamás disimuló su tóxico favoritismo por Hamilton, todo lo cual al final de aquel sombrío 2007 Woking pagó de sobra.

Quizás un aspecto suyo que jamás voy a compartir, y de hecho es lo que más detesto de Alonso y en alguna medida aportó para hacerme diluir mi prematura afición por él, es ese ego y arrogancia tan exacerbada, tan de barra brava española, tan de campeón incuestionable; mismas mañas que hicieron de su paso por Ferrari un matrimonio cuando menos tenso y tortuoso, romance que, sumado a un desarrollo disparejo de los monoplazas italianos, el que muchas veces hizo al ovetense sacar jugo a las piedras, finalmente terminó mal, cerrando la puerta de Maranello por fuera y con llave.

Lo del segundo arribo a McLaren bien podría no merecer ningún comentario, pero desde mi perspectiva sirve como un punto ilustrativo para graficar lo difícil que me resulta digerir que las tendencias actuales en la cúspide de la competición automovilística mundial por un lado, y el confuso trabajo de un equipo en llamas y lleno de excusas por el otro releguen a uno de los mejores pilotos de la era moderna a conducir un monoplaza con tanta confiabilidad y desempeño como la réplica de un Ferrari a batería con el que Minttu paseaba hace un par de años al pequeño Robin Räikkönen por el parque.

Sumando y restando, y teniendo en cuenta el peso que su nombre goza en la historia reciente de la Fórmula Uno, solo puedo decir que sean cuales sean los desafíos que decida afrontar a futuro, como un aficionado a este hermoso deporte y como alguien que en los inicios de esa afición celebró alegremente sus triunfos, le deseo el mejor y más abundante de los éxitos. Estoy seguro que le veremos prontamente de vuelta en el pitlane, quizás a su tiempo en un importante cargo de algún equipo, aportando todo lo que alguien de su valía puede darle al Gran Circo.

Son esta clase de episodios que marcan dolorosas transiciones los que nos obligan a digerir un hecho implícito para quienes llevamos años siguiendo la Fórmula 1: ya no se leerán los Massa, los Alonso, los Fisichella, Button, Webber, Heidfield o Trulli en la grilla; el promedio de edad del próximo año estará en 27 años (sin Kimi bajaría automáticamente a 26), contra los 28 de hace 10 años atrás. Los pilotos jóvenes obtienen la superlicencia para competir a veces incluso un año antes que el permiso necesario para conducir autos de pasajeros en plena calle. En síntesis, la Fórmula Uno vive un silencioso pero constante tránsito hacia una categoría de niños ricos o protegidos conduciendo para equipos millonarios contra equipos garajistas, o de presupuestos mucho más limitados; si se quiere poner en perspectiva -y guardando las proporciones-, poco a poco deja de ser asimilable a deportes como el atletismo, donde el talento pesa mucho más que el dinero, pasando a convertirse en algo equiparable al fútbol, en que equipos pequeños muy poco tienen que decir contra los Real Madrid, los Barcelona, los Bayern Munich, tanto deportivamente como a nivel de influencia en lo extradeportivo, existiendo incluso escuderías «incubadora», cuya misión no es otra que servir de base para experimentar en las mejoras de los equipos principales y dar un espacio para que los jóvenes pilotos campeones de categorías inferiores y protegidos de los pesos pesados de la grilla (Ferrari, Mercedes, RedBull) maduren una o dos temporadas antes de dar el salto a los monoplazas principales. Obviamente no discuto en nada el talento de pilotos como Lando Norris , George Russell o incluso del probado Charles Leclerc.

Es innegable que la Fórmula 1 ya no es lo que era antiguamente; las peleas por el título están cerradas incluso antes de la primera carrera y cualquier eventual variación es casi meramente azarosa, los reglamentos se aplican de una manera notoriamente favorable para los 3 grandes, existe una tendencia fervorosa por construir circuitos donde la afición es escasa pero el dinero abunda en vez de revivir clásicos como San Marino o Nurburgring, y así muchos otros pequeños grandes cambios que dejan de manifiesto que hoy por hoy, y mañana mucho más, la Fórmula 1 torna de un deporte donde la sinergia piloto-monoplaza-ingeniero de carreras era una trinidad sagrada y determinante, a un juego de trincheras y sobre todo de dinero, en el cual si lo tienes, o si un equipo te da su respaldo, tienes asegurado tu camino, pero si un día uno de los dos llegase a faltar (a Ocon hoy le faltaron ambos), simplemente estás fuera, aunque tengas el talento suficiente como para demostrar que estás para mucho más.

Espero, y esperemos todos que a futuro las limitaciones presupuestarias permitan que podamos disfrutar de muchas batallas más como las del galo peleando hombro con hombro contra Vettel y Hamilton en la curva de Les Combes, o mostrando más agallas que mesura para adelantar a un Verstappen al que incluso los líderes habituales evitan acercarse mucho pues suele ser sinónimo de peligro. Quizás no estaría mal volver a 22 o 24 monoplazas, sobre todo si uno de esos asientos lo llegase a ocupar algún otro futuro Esteban Ocon, que pase de vivir en una casa rodante para poder pagar una carrera semiprofesional en los karts, a pelear por consagrarse como el mejor de la temporada.

El mejor del resto, claro está, si las cosas siguen la tendencia actual.

Raya para la suma, serán 109 largos días, pero a pesar de todo, incluso a pesar del dinero y del juego de política y poder, ahí estaremos si Dios quiere, siguiendo el primer entrenamiento del Gran Premio de Australia 2019 y esperando por oír nuevamente aquel gratificante “and it’s lights out and away we go” que nos hace erizar la piel y casi ponernos de pie de nuestros asientos.

Al menos mientras Kimi esté, ahí estaremos.

-Boris Orellana

-@Boriseeyou

Agradecimiento del autor: «A Nicolás Muñoz Fernández, amigo, ferrarista e hincha de Kimi, por todo el aguante temporada tras temporada».

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